Las emociones, el lenguaje más profundo del alma

Julia Brito y Lucía González.
27 de febrero de 2025 13:31 h

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Las emociones son el lenguaje más profundo de nuestra alma. Son olas que nos atraviesan, a veces con dulzura, otras con furia, pero siempre con un propósito: recordarnos que estamos vivos. Sentir es un privilegio, aunque a veces duela. La tristeza nos invita a la pausa, la alegría nos ilumina, el miedo nos protege y el amor nos expande.

Pero no siempre podemos con todo. Hay momentos en los que el peso es demasiado grande para cargarlo solos. Pedir ayuda no es señal de debilidad, sino de valentía. Es reconocer que no estamos hechos para caminar este mundo en soledad. Al abrirnos, encontramos manos dispuestas, corazones que comprenden y voces que nos recuerdan que incluso en la tormenta, no estamos solos.

La infancia es el primer escenario donde las emociones toman forma, donde el mundo se siente inmenso y cada experiencia deja huellas profundas. Los niños sienten con una intensidad pura: la alegría es un estallido de luz, la tristeza es un océano infinito, el miedo es una sombra gigante y el amor es un refugio cálido.

Pero en esos años de descubrimiento, las emociones pueden ser abrumadoras. Sin las palabras adecuadas para expresarlas, a veces se convierten en silencios, en lágrimas escondidas o en explosiones que piden ser entendidas. Por eso, es fundamental acompañar, validar y enseñarles que cada emoción es válida, que sentir no está mal y que siempre hay un espacio seguro donde pueden ser ellos mismos, sin miedo al juicio. Porque aprender a sentir es también aprender a vivir.

La infancia es ese tiempo en el que las emociones son grandes, inmensas, casi demasiado para un cuerpo tan pequeño. Es el asombro de escubrir el mundo, la risa que estalla sin miedo, el llanto que no se esconde, el miedo que busca refugio en unos brazos conocidos.

Los niños sienten con el corazón abierto, sin filtros ni reservas. Aman con intensidad, se frustran con fuerza, se alegran con todo el cuerpo. No conocen de medias tintas ni de emociones disfrazadas. Para ellos, cada sentimiento es genuino, una verdad absoluta que merece ser escuchada.

Pero a veces, los adultos olvidamos lo difícil que es ser pequeño en un mundo tan grande. Pedimos que sean fuertes sin enseñarles qué hacer con la tristeza, que sean valientes sin permitirles sentir miedo, que sean felices sin darles espacio para llorar. Y sin darnos cuenta, reprimimos lo que un día fuimos.

Tal vez el mayor regalo que podemos darles no es solo amor, sino también permiso: permiso para sentir sin culpa, para equivocarse sin miedo, para saber que sus emociones importan. Porque cuando un niño aprende que su sentir es válido, crece con la certeza de que su corazón también merece ser escuchado.

Gestionar las emociones no significa reprimirlas ni disfrazarlas de algo que no son. Es darles un espacio, reconocerlas sin miedo y entender qué quieren decirnos. La tristeza nos pide descanso, la ira nos señala una herida, el miedo nos advierte, la alegría nos invita a celebrar. Cada una tiene un propósito, un mensaje que merece ser comprendido.

Pero no siempre es fácil. A veces nos ahogamos en lo que sentimos, creyendo que somos demasiado, que deberíamos callar lo que duele o esconder lo que nos abruma. Sin embargo, no hay emociones incorrectas, solo maneras de vivirlas. Y cuando aprendemos a sostenerlas con amor, en lugar de rechazarlas, nos descubrimos más fuertes, más humanos, más libres.

Porque sentir no es un error. Es la forma en que nuestro corazón nos recuerda que estamos vivos.

*Julia Brito es pedagoga y maestra de Educación Infantil y Lucía González es pedagoga, responsables del Equipo de Refuerzo y Seguimiento Académico de Salud Mental La Palma

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