Investigación, transparencia y difusión: todo lo que el Prado puede aprender del Louvre sobre obras robadas

Antoine Delabre en Berlín, durante la restitución de 'Una plaza en la Roche Guyon', de Pissarro, a la familia Dorville.

Peio H. Riaño


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Al acabar la Segunda Guerra Mundial se devolvieron a Francia alrededor de 61.000 pinturas, esculturas y otros bienes robados por los nazis. Durante la posguerra se entregaron a sus supervivientes y herederos cerca de 45.000 de ellos. Pero se vendieron otros miles y el resto quedó en los fondos de las colecciones públicas. A estos los museos franceses los conocen como los “huérfanos”. También en el Louvre. Por eso en 2020 contrataron a Emmanuelle Polack, especialista en la investigación del expolio nazi.

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El encargo fue crear un registro detallado con obras procedentes de este fondo ilícito. Polack es una experta en hallar la trazabilidad de los bienes, y encontrar la historia del cambio de manos a partir de los catálogos de subastas, las galerías, los vecinos, las traseras de los cuadros, la correspondencia… Su abuelo materno fue deportado y asesinado en el campo de concentración de Buchenwald. Su abuelo paterno fue prisionero y saquearon sus posesiones. Polack se ganó el reconocimiento con sus investigaciones, que desembocaron en el descubrimiento de unas 1.500 obras de arte, escondidas por Cornelius Gurlitt, cuyo padre, Hildebrand, compraba obras de arte para Hitler.

Este martes el Museo Nacional del Prado ha hecho un anuncio histórico al reconocer en sus colecciones, al menos, 64 obras robadas por el franquismo y entregadas al museo hace 80 años, en 1942. Además ha contratado los servicios del investigador Arturo Colorado para que en tres meses revise la totalidad de sus colecciones y entregue un informe sobre todos los bienes sustraídos. Colorado realizó una serie de conferencias en diciembre de 2018 sobre este asunto en el Prado. Pero entonces el museo no se preocupó por revisar sus catálogos. No ha sido hasta hace una semana cuando la institución realizó una búsqueda de urgencia, al preguntarle elDiario.es acerca del estado de estas obras.

Hace un año y medio el Louvre hizo pública la investigación de Emmanuelle Polack, que arrojó un catálogo con más de 1.700 obras de arte robadas por los nazis y devueltas a Francia al término de la contienda. No era el primer paso que daba la institución francesa para encontrar a los propietarios y herederos de las pinturas “huérfanas”. En 2017, el jefe del departamento de pinturas, Sébastien Allard, realizó dos pequeñas exposiciones en el museo para mostrar una treintena de cuadros robados. La intención era llamar la atención sobre los auténticos dueños y restituir las piezas: “Nuestra meta es devolver todo lo que podamos”, dijo entonces Allard.

El precedente

El Louvre localizó varias pinturas saqueadas, que pertenecían al abogado judío francés Armand Dorville, que huyó de París bajo coacción antes de que los nazis se apoderaran de su colección y la subastaran en Niza, en 1942. El Louvre adquirió 12 obras en esa venta. Ocho décadas después, el asunto seguía pendiente de solución y enfrentaba a los herederos con el Gobierno, que aseguraba que la compra se había llevado a cabo “sin coerción ni violencia”.

Finalmente, el Gobierno cambió de postura y en enero de 2022 la Asamblea Nacional francesa tramitó un proyecto de ley para restituir el total de 14 obras de arte de Dorville alojadas en los fondos públicos. Entre las obras devueltas figuraba el cuadro de Gustav Klimt, Rosales bajo los árboles. Se exponía en el Museo de Orsay. La exministra de Cultura, Roselyne Bachelot, indicó que 83 años después de la venta forzada de las obras se debía realizar un “un acto de justicia”. Sin embargo, desde hace más de dos décadas, el Ministerio de Cultura francés y varios museos públicos reciben peticiones de restituciones de los herederos de los dueños originales que son atendidas. Hasta el momento han devuelto más de un centenar de obras.

Al igual que sucede en España, durante mucho tiempo la administración francesa decidió no actuar de oficio y esperó a que los herederos reclamaran lo que era suyo. Sin embargo, desde 2017 los museos decidieron que debían estudiar el origen de las obras e identificar a quiénes se las habían robado. Entonces aquellas pinturas ocultadas y silenciadas desde los años cuarenta se hicieron públicas y la mayoría de los museos franceses aceptaron parte de su historia para repararla.

Justicia social

Es una disposición muy diferente a la que mantienen el Estado español, el Ministerio de Cultura y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza respecto a la devolución del cuadro Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia (1897), de Camille Pissarro (1830-1903), a sus legítimos propietarios, la familia Cassirer. El museo público mantiene una pugna en los tribunales estadounidenses para no devolver el cuadro, que fue adquirido por el barón Thyssen en los años setenta.

La investigación no se ha detenido en el principal museo francés. Hace un año, el Museo del Louvre y Sotheby’s firmaron un acuerdo para seguir explorando los bienes adquiridos por el museo entre 1933 y 1945. El convenio se prolongará durante tres años, en los que el patrocinio permitirá investigar las colecciones de la institución francesa para “restituir las obras y hacerlas públicas”, comunicó el Louvre. De hecho, Sotheby’s fue la primera casa de subastas internacional en crear un departamento dedicado a la investigación de la procedencia y su restitución.

En EEUU también llevan años de ventaja en la restitución de obras robadas durante la guerra. El mes pasado, la gobernadora del estado de Nueva York, Kathy Hochul, firmó una ley que exige a los museos marcar las obras de arte expuestas como piezas saqueadas por los nazis. El objetivo es que esas cartelas creen conciencia y se combata la ignorancia sobre el Holocausto y sus consecuencias. Es una norma de educación estatal, que no tiene como objetivo la restitución.

El silencio es el alimento del olvido y en una encuesta realizada hace dos años por Claims Conference descubrieron que el 60% de los neoyorquinos no sabían que seis millones de judíos fueron asesinados. El 58% no pudo nombrar un solo campo de concentración y el 43% no sabía qué era Auschwitz. Incluso el 19% creía que los judíos fueron los causantes del Holocausto. “La idea central de esta legislación es llegar a la mayor cantidad de personas y advertirles de que estas maravillosas obras de arte están manchadas de sangre”, dijo Charles Lavine, miembro de la Asamblea del Estado de Nueva York por el Partido Demócrata, hace unas semanas, al aprobarse la norma. El asesinato para eliminar la identidad judía fue acompañado por la usurpación de la riqueza para financiar sus propósitos. Unos hechos nada ajenos a la población española de los años cuarenta. 

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