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Jacinda Ardern tiene razón

Jacinda Ardern. EFE/EPA/BIANCA DE MARCHI

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Emmanuel Macron y Pedro Sánchez firmaban el jueves pasado un gran acuerdo de cooperación entre Francia y España. Después de las firmas, las fotos y los abrazos, fue el turno de los periodistas. “¿Se reúnen ustedes porque tienen la misma edad y muchas cosas en común —en política y otros asuntos— o pueden los ciudadanos esperar acuerdos entre nuestros países más adelante?”. Esa fue la pregunta que no escucharon. La había hecho un periodista meses antes, en una rueda de prensa conjunta de la primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, y su homóloga finlandesa, Sanna Marin. Las mujeres hablamos de cosas de mujeres. Los hombres hablan de las cosas importantes.

Puede ser difícil de entender para quien no lo sufre, pero el escrutinio continuo de la vida privada, la ropa o el cuerpo; la condescendencia, el paternalismo y los comentarios machistas, agotan y mucho. Son como una exigencia invisible pero constante que se añade a todas las demás responsabilidades que cualquier mujer que esté en un puesto de poder o de exposición pública tiene. Nadie sabe muy bien de dónde vienen porque vienen de casi todas partes. Si las señalas es posible que entonces la señalada, en este caso como loca o exagerada, vuelvas a ser tú. El mero hecho de tener que explicarlas, incluso, cansa.

Jacinda Ardern está agotada y lo deja: “No tengo suficiente energía”. Si hay algo por lo que Ardern ha sido admirada es por su capacidad de ejercer un liderazgo que ha combinado firmeza, convicción y humanidad. Jacinda Ardern no ha evitado mostrar que era una mujer a la que le pasaban cosas y que sentía cosas, más bien ha incluido sus experiencias y emociones como parte de su acción. No ha evitado mostrar que estaba embarazada ni que daba a luz ni que su hijo viajaba con ella a encuentros en las Naciones Unidas ni que se emocionaba visitando a las familias que habían perdido seres queridos en un atentado. Todo eso también era ser primera ministra. Todo eso es lo que falta en la inmensa mayoría de liderazgos.

Y es que más allá de las diferencias en la exigencia hacia mujeres y hombres y del peso que esa brecha machista supone para nosotras, la pregunta es también si lo que se le supone a cualquiera que ocupa un puesto de responsabilidad -pública o privada- es en general razonable.

¿Es razonable esperar que quienes los ocupan nunca falten a una reunión o a un encuentro, aunque se encuentren mal o aunque un familiar esté enfermo o una amistad les necesite? ¿Es razonable vivir hacia fuera como un robot invulnerable? ¿Vamos a seguir fingiendo que alguien puede ocuparse constantemente de otras responsabilidades y no estar des-reponsabilizándose necesariamente de otras, las privadas, las del cuidado, la limpieza, el afecto o el sostén? ¿Es deseable seguir adelante a cualquier precio? ¿Debemos pedir que quien esté se quede aunque los ataques sean insoportables? ¿De verdad no hay una manera de pensar en liderazgos y responsabilidades compartidas que permitan compatibilizar poder y vida?

Debatimos constantemente si es o no feminista que una diputada, una ministra o una primera ministra lleven a sus bebés al despacho, al Congreso o al pleno de las Naciones Unidas. Debatimos si es o no feminista que una política lo deje porque está embarazada o porque está cansada o porque tuvo un hijo hace mes y medio. Y así volvemos a poner, una y otra vez, el foco en las decisiones individuales en lugar de en la estructura. Sin despreciar la capacidad que tienen las personas en determinadas posiciones de ofrecer ejemplos nuevos y sanos, resulta sospechoso que siempre busquemos ese efecto ejemplificador entre las mujeres y que no abordemos con el mismo ahínco las condiciones que este sistema sigue imponiendo para llegar y permanecer en determinados lugares.

A estas alturas parecería desde luego más rompedor y necesario que Pedro Sánchez faltara a una importante reunión de trabajo porque una de sus hijas tiene gripe que seguir escrutando por milésima vez lo que hace una mujer y el efecto que eso, al parecer, tendrá sobre todas. Lo que tiene un efecto del que nadie puede escapar es la normalidad con la que seguimos aceptando esa división artificial entre lo público y lo privado, la indiferencia con la que al parecer hay que vivir lo personal si eres alguien con ciertas responsabilidades, o la exigencia-explotación que damos por hecho tantísimas veces. Esa es la raíz del problema y no lo que cada política haga para afrontar como pueda y quiera su situación personal y profesional.

Esa división entre la vida pública y privada que arrastramos desde hace siglos y que atraviesa nuestro modelo económico y social hace estragos y sí que es profundamente patriarcal.

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