Por qué los científicos ocultaron durante siete meses el nacimiento de Dolly, el primer mamífero clonado del mundo
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Era un cordero común a simple vista, pero su llegada al mundo cambió la historia de la ciencia para siempre. Nació en silencio, en un rincón discreto de Escocia. Nadie imaginaba que aquella pequeña oveja blanca, bautizada como Dolly, se convertiría en el epicentro de una revolución biotecnológica que sacudiría debates éticos y abriría posibilidades inimaginables. La ciencia acababa de desafiar las reglas de la vida.
El 5 de julio de 1996, en el Roslin Institute de Midlothian, en Escocia, Dolly vio la luz por primera vez. Pero su historia comenzó mucho antes, en un laboratorio donde un grupo de científicos había decidido demostrar que clonar un mamífero era posible.
Los cientos de fracasos no frenaron a los científicos
Todo empezó con una célula mamaria de una oveja de seis años. Ese pequeño fragmento de vida fue insertado en un óvulo al que se le había extraído el núcleo. Durante seis días, el equipo observó atentamente su desarrollo en un tubo de ensayo, hasta que el embrión fue transferido a Allie, la madre sustituta que llevaría a Dolly en su vientre.
Pero este nacimiento no fue fruto del azar. Se necesitaron 276 intentos para que la clonación fuera exitosa. En esos días, el laboratorio fue testigo de múltiples fracasos, embriones que no prosperaban y esperanzas que parecían desvanecerse.
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Sin embargo, la perseverancia de los científicos Ian Wilmut y Keith Campbell prevaleció, y finalmente lograron dar vida a la primera oveja clonada a partir de una célula adulta especializada. El nombre, Dolly, fue elegido como un guiño a la cantante Dolly Parton, en honor al origen de la célula utilizada: una glándula mamaria.
El nacimiento se guardó bajo llave
Durante siete meses, su existencia fue un secreto bien guardado. Los creadores de la oveja no querían pillarse los dedos y querían estar completamente seguros que era idéntica a la oveja donante. Además, tardaron en preparar un respaldo científico sólido que acabó publicándose en la revista Nature.
No fue hasta el 22 de febrero de 1997 cuando el mundo conoció a Dolly, y el impacto fue inmediato. Los medios se centraron en ella, y las preguntas no tardaron en surgir. ¿Era este el primer paso hacia la clonación humana? La noticia desató un torbellino de reacciones, desde el evidente entusiasmo científico hasta la preocupación ética.
El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, actuó con rapidez al prohibir el uso de fondos federales para la clonación humana, y el debate escaló hasta la ONU, que en 2005 aprobó una declaración no vinculante contra la clonación humana.
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Aunque Dolly fue el primer mamífero clonado exitosamente, no fue el primer animal en ser clonado. En 1962, el biólogo John Gurdon había logrado crear renacuajos clonados a partir de células adultas de rana. Sin embargo, la comunidad científica reconoció que el logro del Roslin Institute era diferente.
La elección de una oveja no fue casualidad; Campbell y Wilmut se especializaban en la cría de estos animales y consideraron que su carácter dócil los hacía ideales para el experimento. Además, esperaban que este avance permitiera editar genes para producir leche con propiedades terapéuticas.
El nacimiento de Dolly no solo demostró que era posible clonar un mamífero, sino que también abrió nuevas puertas a la investigación genética. Los científicos soñaban con usar esta tecnología para desarrollar tratamientos para enfermedades como la diabetes y la fibrosis quística. Sin embargo, también generó dudas sobre los límites éticos de la manipulación genética. A pesar de las polémicas, la clonación continuó avanzando, aplicándose a cerdos, vacas, caballos e incluso mascotas.
Fue una oveja normal y corriente
En medio de la vorágine mediática, la vida de Dolly transcurrió con relativa normalidad. Se integró en un rebaño en el Roslin Institute y tuvo seis corderos: Bonnie, las gemelas Sally y Rosie, y los trillizos Lucy, Darcy y Cotton. Pero su existencia fue más breve de lo esperado. En 2001, le diagnosticaron artritis, y dos años después, en 2003, desarrolló cáncer de pulmón. El 14 de febrero de ese año, los científicos decidieron sacrificarla para evitarle sufrimientos. Tenía solo seis años, menos de la mitad de la esperanza de vida habitual de su especie.
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Su muerte avivó las críticas sobre los posibles efectos adversos de la clonación. Algunos argumentaron que Dolly era prueba de que los clones envejecían prematuramente o sufrían problemas de salud. Sin embargo, investigaciones posteriores desmintieron esta teoría, concluyendo que el envejecimiento de Dolly fue normal y que su enfermedad pulmonar estaba relacionada con un virus común en ovejas criadas en interiores.
Aunque sus descendientes también han fallecido, Dolly sigue viva dentro de la comunidad científica. Su cuerpo disecado se exhibe en el Museo Nacional de Escocia, donde continúa despertando curiosidad y asombro. La clonación de Dolly marcó un antes y un después, y aunque el Roslin Institute ya no existe como tal, su legado perdura en la Universidad de Edimburgo, donde la investigación genética sigue explorando nuevos horizontes.
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