Espacio de opinión de Canarias Ahora
Llamada a la empatía
Algunos lo llaman ‘Era de la Posverdad’, otros ‘Era de la desinformación’, algunos ‘Era de la Polarización’ o ‘Era de la Geopolítica Inestable’. Lo cierto es que el mundo en el que estamos empezando a vivir, el del segundo mandato de Donald Trump, pasará a la historia por convulso, agresivo, áspero, incómodo y, en mi opinión, inhumano.
No hay día en que el valor principal que esgrimen Trump, Musk, Netanyahu y otros líderes de esta incómoda era no sea precisamente ese, su inhumanidad: el sentimiento que apela al desprecio por los más débiles en aras de una supuesta protección de los suyos, de sus valores, de sus patrias y, permítanme que añada, de un mercado ultracapitalista en el que vales lo que tienes.
No en vano, el mismo Trump que deporta a la clase obrera latinoamericana que trabaja a destajo para mantener la economía de su país, ofrece visados de residencia de lujo a aquellos extranjeros que pueden gastar cinco millones de dólares en un pasillo de oro a su patria. No en vano tampoco, Trump pretende eliminar del paisaje de Gaza a miles de palestinos pobres y traumatizados para montar una marina recreativa destinada al placer de los millonarios que quieran spas y rascacielos edificados sobre siglos de sufrimiento e historia y ofrece su protección condicionada al mejor postor a cambio de recursos valiosos.
Si algo ejemplifica, sobre todas las cosas, esta desconsideración a los valores de los Derechos Humanos es el fenómeno de las migraciones, convertido en blanco y culpable de todos los males que azotan a los países del mundo. Trump es capaz de apodar a cualquier ciudadano sin la documentación en regla como ‘alien’, esposarlo en un avión y meterlo, si hace falta, en Guantánamo, igualando así con un terrorista islamista a una mujer hondureña que lleve 20 años limpiando escaleras o cuidando a niños en Estados Unidos, por poner un ejemplo.
El ascenso de Trump, o el preocupante resultado del nuevo partido ultraderechista alemán, la AfD, en las elecciones de la semana pasada parten de un discurso deshumanizante, cruel e implacable contra las personas que migran. Sin nombres y apellidos, también los califican de ‘aliens’ y sin importar absolutamente nada los esposan y repatrian en aviones, porque esa es la medida que permitirá recuperar el país para los nacionales. Es el gesto de varita mágica que hace desaparecer todos los problemas, bajar el precio del alquiler, garantizar el pleno empleo y los sueldos dignos o renovar y dar brillo a nuestros maltratados servicios públicos.
En esta ola de la ultraderecha que también intoxica a sectores tradicionalmente progresistas hay cosas que deberían llamarnos la atención. En Alemania, la semana pasada, los expertos se han dedicado a analizar dónde sube con más fuerza la extrema derecha: la respuesta está en lo que aquí tenderíamos a asimilar con lo que llamamos la España vaciada. Zonas rurales, muchas de ellas de la antigua Alemania del este, con baja densidad de población. Los resultados son especialmente llamativos en los distritos con saldo demográfico negativo (es decir, donde se pierde población porque muere más gente de la que nace), con una ciudadanía envejecida (con gran porcentaje de la población de más de 65 años). Son las zonas donde, curiosamente, hay menos población migrante de Alemania... así que, sorpresa, para que entendamos el impacto de las narrativas sobre la migración, los bulos y la desinformación desde la que juega sin complejos la extrema derecha: donde más cala su mensaje xenófobo es donde, precisamente, menos inmigrantes hay.
En Francia, los grandes caladeros de votos del Frente Nacional también tienen este perfil. Así que deberíamos empezar a preguntarnos por el papel de algunos medios de comunicación y redes sociales en la construcción de este fenómeno global, en la manufactura del miedo y el odio, y qué podemos hacer para confrontar con datos estas verdades. Algo que, si me permiten de nuevo, creo que necesita de un ejercicio de empatía, de hablar con el otro y ponernos en sus zapatos y su piel, de escucharnos no para rebatirnos, si no para comprendernos.
En estos días, tras el ascenso de la ultraderecha xenófoba en Alemania, en redes sociales ha surgido una iniciativa interesante. El personal de las residencias de cuidado de mayores y centros sanitarios alemanes se juntaba y grababan con su teléfono la imagen de todos ellos juntos en el rellano de una escalera. Una vez iniciada la grabación, del grupo empezaba a salir gente que abandonaba la imagen. Eran todos los trabajadores y las trabajadoras de origen extranjero, aquellos a los que la ultraderecha quiere fuera del país. En los vídeos, grupos de hasta 30 y 40 personas se reducen hasta quedar tres, cuatro o cinco, dejando claro que, en este tipo de profesiones de servicio, las que tratan con nuestros mayores o las que exigen horarios y turnos sacrificados, el porcentaje de extranjeros es muy superior al 50%.
La iniciativa es excelente para llamar la atención sobre el impacto de la población migrante en nuestro país, y la importancia que tienen para nuestro día a día. Para darnos cuenta de que muchos tenemos origen migrante y de que, además, convivimos con migrantes que nos sirven el café, nos limpian la casa, nos hacen las curas, cuidan a nuestros mayores y a nuestros niños y están entre nosotros en los transportes públicos, la escuela y los supermercados, aportando a nuestra sociedad.
Porque es verdad que todo este contexto global también se contagia, y ha hecho que en España el fenómeno de la migración se circunscriba en estos momentos a una discusión política polarizada, en la que parece que no existe la posibilidad de un acuerdo. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) nos avisó hace tan solo unos meses, en septiembre pasado, cuando concluyó que la migración es considerada por los españoles como el primer problema de nuestro país, por encima del paro, la vivienda, la sanidad o la educación.
En estos últimos años en Casa África hemos desarrollado multitud de actividades alrededor del fenómeno migratorio. Una institución de diplomacia pública no tiene directamente ninguna competencia en este campo, pero hemos querido convertirnos en un espacio de diálogo, reflexión, pensamiento y estudio de un tema que sabemos que preocupa a los canarios. No tanto por ninguna llegada masiva de personas a bordo de embarcaciones, sino por la tragedia diaria con la que tenemos que convivir en lo que constituye la ruta marítima migratoria más peligrosa del mundo.
En Canarias hay aproximadamente 6.000 menores que han llegado a bordo de pateras y cayucos en busca de una vida mejor. Es fundamental que la ciudadanía entienda quiénes son esos jóvenes, ahora mayoritariamente malienses, por ejemplo, que llegan al Archipiélago.
Y la mayoría de ellos no son el perfil de un joven rebelde escapado de casa. No son jóvenes insolidarios con sus familias que abandonan la pobreza que les rodea. Gran parte de ellos son chiquillos de familias rurales cuyo entorno, sus padres, hermanos, tíos y amigos han tardado meses y hasta años en reunir el dinero para que se subieran a un cayuco.
Jóvenes perdidos con la misión de intentar prosperar en un sitio en el que otros migrantes lo han conseguido, con el objetivo de conseguir un empleo que les permita mandar algo de dinero cada mes. Son jóvenes que en muchísimos casos no sabían ni a dónde llegaban, y que viven una frustración y un estrés enorme porque no encuentran la manera de reunir algunos euros que mandar a sus familias.
Jóvenes con problemas enormes de ansiedad cuando avanzan en sus 17 años y se acercan a la mayoría de edad, día en el que dejan de tener un techo y salen a la calle. Jóvenes mayoritariamente muy sencillos, educados, respetuosos y con valores, pero en unas circunstancias legales que no les permiten trabajar y que, dado el volumen de personas llegadas y a la propia capacidad de gestión en nuestro Archipiélago, no pueden ni conseguir ir al colegio.
Sé que reclamar empatía quizás es naïf. Pero no me resisto a hacerlo. Y cuando escuchemos a alguien decir que todo es culpa de tantos extranjeros preguntémosle quién cree que está logrando sostener nuestra economía en estos tiempos convulsos. Tenemos un Pacto Migratorio Europeo que parece congelado en su desarrollo, y del que hablaremos próximamente, pero que debería no olvidar que, ante todo, lo que nos animó en su día a construir una Europa común y a caminar juntos en un mundo cada vez más convulso fueron precisamente la empatía y el respeto a los derechos humanos.
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