Arencibia, en la película 'Benito Pérez Buñuel'.

Luis Roca Arencibia

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Nació hace 85 años en la calle Grau Bassas, 26. Su primer colegio daba directamente a la Playa Chica en Las Canteras, todavía sin paseo. Los recreos, recordaba, “eran una gozada”. Adoraba a sus padres, Luisa Santana Báez y Luis Arencibia Báez, de manera especial a su padre. A él, de quien tenía un retrato fotográfico en la cabecera de su cama, lo buscaba en sus últimos momentos. Sus cenizas reposarán con ellos.

¡Me alegra tanto que haya participado en la película “Benito Pérez Buñuel”! Ahí deja testimonio sobre ellos y su familia, de origen firguense. Nunca olvidó la frase que, siendo muy pequeña, oyó decir a su abuelo hablando con su madre: “Luisa, esa negrilla va a servir pa´estudiar”. Le mostró un camino donde poder destacar. También de Galdós habla en “Benito Pérez Buñuel” cuando el Premio Comillas había sellado su condición de principal autoridad mundial en el escritor. En la película la ven pletórica, guapísima a sus 80 años, desgranando lo esencial del novelista y subrayando algo fundamental para entenderlo, su condición de canario de Las Palmas de Gran Canaria.

En 1973, mientras festejaba en Madrid con colegas haber sido la única de ellos en lograr la Cátedra de Instituto, en una época en que salían ocho plazas para toda España y había que trasladarse durante semanas a la capital de España a examinarse, recuerda que ocurrió el atentado de Carrero Blanco. 22 años más tarde se convirtió en la primera Catedrática de Filología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Entre medias, como primera directora del Instituto de Gáldar, le tocó recibir al presidente Adolfo Suárez, “acompañada del alcalde y el cura”, rememoraba orgullosa. 

En 2023 había logrado culminar la obra de su vida, el volumen “Galdós. Una biografía”, compendio de más de 40 años dedicados al canario más importante de la historia y por el que sería premiada con el XXXII Premio Comillas de Arte, Historia e Investigación de Tusquets Editores justo cuando se iniciaba la conmemoración del Centenario de la muerte de Don Benito, como a ella le gustaba llamarlo. Es un premio de relevancia internacional. El libro, con cuatro ediciones ya, ha sido leído y admirado en el mundo de habla hispana y el enorme colectivo de hispanistas y galdosianos que se extiende por todo el planeta.

No es su único legado. Personalmente, no hay motivo que más me enorgullezca que personas de todas las edades y extractos sociales se dirijan para decirme, en cualquier momento, desde hace 40 años: “Tu madre me dio clases”. Sí, desde muy jovencita, 21 años, empezó a darlas en el Instituto Isabel de España, después como directora en los de Gáldar y Schamann, más tarde en el Colegio Universitario de Las Palmas y finalmente, en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue la primera mujer decana. De esa gratitud y reconocimiento que siguen expresando sus muchísimos alumnos quiero pensar su principal pasión, la docencia y enseñar literatura, ha dejado un legado más que relevante. 

Como investigadora, dedicó volúmenes a muchos otros escritores canarios. Menciono los que de forma más recurrente vienen a mi memoria: Alonso Quesada, Cairasco de Figueroa, Tomás Morales, Pancho Guerra y Agustín Millares. Al margen de estos trabajos, promovió a múltiples autores presentando y publicando reseñas sobre sus obras, y participó en infinitos trabajos de lengua y literatura con colegas, los últimos como vicepresidenta de la Academia Canaria de la Lengua. Le gustaba publicar en la prensa. Puntualmente, cada 4 de enero, el aniversario de Galdós. En 2024 también lo hizo para recordar el aniversario del nacimiento de su galdosiano de cabecera, Alfonso Armas Ayala, su “faro iluminador”, el filólogo que, con Sebastián de la Nuez y los presidentes de la Real Academia Española (RAE) Francisco Ynduráin y Manuel Alvar, la introdujo en la pasión sin vuelta atrás por el autor de Fortunata y Jacinta. De Galdós siempre tenía un libro en su mesita de noche.

Fue directora de la Cátedra Pérez Galdós de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y colaboradora más que estrecha de la Casa Museo Pérez Galdós desde tiempos inmemoriales. Entre otras tareas, liderando la organización de los Congresos Internacionales Galdosianos, que seguía considerando un pilar fundamental para sostener a la altura que corresponde la obra de Don Benito, sumando a la causa a decenas de jóvenes investigadores.

Adoraba a su padre, Luis Arencibia, y, gracias a él, pudo hacer algo que a las mujeres de su entorno les estaba vetado a principios de los 60, irse sola a París a estudiar francés. Para darle el permiso, su padre decía que, si la dejaba ir a pesar de la opinión contraria de su familia, era porque sabía que “Yolanda tenía mucho fundamento. La fe de mi padre en mí fue siempre un acicate personal”, afirmó. Ese viaje a la ciudad que se convertiría en su preferida después de Las Palmas lo recordaba con gran intensidad. Ella, una mujer por cuya belleza se la comparaba con la Cyd Charisse de “Brigadoon” (Vincente Minnelli, 1954), como ella misma recordaba con timidez, sola en medio de la gran capital de la cultura europea. Volvió a la ciudad del Sena en estancias largas al menos en tres ocasiones más.

Amaba el cine, de manera muy especial las películas románticas. La francesa “Un hombre y una mujer” (Claude Lelouch, 1966) la marcó. ¡Qué emocionante fue pasar en 2015 cuatro días con ella en París y que coincidiera que proyectaban la más romántica de la historia, “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942), que en parte transcurre en esa ciudad, en uno de los templos del cine de arte y ensayo, el cine Mac Mahon!

Vivió adelantada a su tiempo. Desde 1964 junto a mi padre, Daniel Roca Suárez. En este caso hay que invertir el axioma: “detrás de una gran mujer hay siempre un gran hombre”. Ella ansiaba un marido que no restara protagonismo a la mujer, como entonces era habitual, y él le resolvió la encrucijada “para bien y para siempre, sabe que ha sido el centro de mi vida”, dejó dicho. Fue emocionante predicar Galdós en Tel Aviv con ellos dos y Marta de Santa Ana en 2012, dictando conferencias y llevando a la Universidad de Jerusalén las obras completas del escritor que ella había editado con el Cabildo de Gran Canaria. El peso de los 29 volúmenes de la colección rompió la maleta. En la playa de Tel Aviv pudo disfrutar de sus espectaculares atardeceres. Bañarse en el mar le encantaba. También las flores y el olor a campo. La colección “Arte, Naturaleza y Verdad”, ordenada cronológicamente, es una forma insuperable de conocer al autor de los Episodios Nacionales, un trabajo enorme para el que tuvo que releer todas las ediciones de la extensísima obra de Don Benito.

Sonreía apretando los labios y los ojos aún le brillaban cuando recordaba a su padre con un cuchillo en la mano pelando tunos que había cogido esa mañana su tío Pepe el de Firgas en la Barranquera Honda, la casa familiar junto a la acequia donde pasaba de niña los fines de semana, para ir dándolos a ella y a sus hermanas. Recordaba perfectamente la disposición de la casa entonces y qué hermana (Mari, Esperanza y Pepa) dormía con cuál en cada cama. “Mi hermano Luis dormía en una cama para él solo”, decía rebelándose. Desde hace décadas contaba con los mayores reconocimientos de su ciudad, su isla, y el pueblo que era origen de su familia. El de Firgas lo reivindicaba especialmente. Le encantaba ir.

Leer y escribir eran actividades que siempre estaba haciendo. Tanto se concentraba en su trabajo que era fácil asustarla sin querer. Le gustaba la música clásica, las canciones de amor tristes y alegres, la ópera y el teatro. Vimos mucho cine y series su último año. Se enganchó a “Juego de tronos” y su personaje favorito era Arya Stark. Estoy seguro de que se identificaba con la niña flaquilla y valiente que se rebelaba contra el rol prestablecido imponiéndose al final como la gran heroína de la serie. Ella también fue rebelde y valiente hasta el último momento. Vimos juntos “Cierra los ojos” (Víctor Erice, 2023) y lo muchísimo que la disfrutó me hizo apreciarla mejor. Era exigente y comprensiva. Tantas horas de vuelo en la enseñanza le daban una autoridad incontestable. Por eso me sorprendió que calificara con un diez a “Una historia verdadera”, de David Lynch. “Fíjate que es una película donde todos los personajes son buenas personas, ninguno es malo”, apostilló.

“La cultura es un modo de vivir que te sostiene”, dijo en una entrevista en 2022 que mi padre convirtió en un rudimentario libro. Ojalá su muerte ayude a que en Canarias se le dé mucha más importancia a la cultura que la que tiene. No la entendía desligada de la educación. Por eso recordaba con satisfacción los cuatros años como consejera de Educación del Cabildo de Gran Canaria, aunque también distancia. La política profesional no era lo suyo. “Jesús, ¡qué cruz!”, era su expresión, resignada, mirando al cielo, en los casos de disconformidad y puertas cerradas.

En estas últimas semanas me ha reconfortado pensar que, si es la primera de su generación de hermanos y primos de la saga de los Arencibia de Triana que se va, es también porque, a sus 85 años, ella vivió tanto tan intensamente, con tanta capacidad profesional para poner en marcha tantas iniciativas, todo eso en una tierra que en muchas ocasiones es ingrata con los mejores, más en su caso, mujer nacida tres meses después de terminada la Guerra Civil Española, abriéndose paso y logrando mandar en un mundo que pertenecía a los hombres, su vida no solo fue una, sino la suma de muchas vidas.

La guerra con la vida hace tiempo que la tenía ganada. Es su legado como docente e investigadora, son sus publicaciones, su ingente biblioteca, su recuerdo en tantos alumnos y admiradores. Es su manera de enfrentarse a cara descubierta a la vida, con esa sonrisa inigualable, superándose a sí misma en iniciativas que siempre buscaban extender en las islas el conocimiento, que es el bien común.

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