Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

Reglas para reconstruir la convivencia en un planeta herido

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Kong Qiu, más conocido por estos lares como Confucio, fue uno de los más grandes e influyentes filósofos de todos los tiempos. Vivió a caballo entre los siglos VI y V a.e.c., en una época turbulenta donde se sucedían los enfrentamientos violentos entre los distintos estados feudales de la antigua China. Kong Qiu reparó en la importancia del uso correcto del lenguaje para regenerar una sociedad que se había deslizado hacia la confusión y la anarquía. Las palabras habían dejado de ser puntos de referencia fiables al utilizarse de manera arbitraria sin atender a su auténtico significado. Según se lee en las Analectas, “Si los nombres no son correctos las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan (…) el pueblo no sabrá cómo obrar. En consecuencia, el hombre noble precisa que los nombres se acomoden a los significados y que los significados se ajusten a los hechos. En las palabras del hombre noble no debe haber nada impropio”. Para Kong Qiu existen dos tipos de personas, nobles y vulgares, una segmentación que no responde a la clase social o a las posesiones sino al comportamiento, que debe estar guiado por los principios de benevolencia y rectitud. Un hombre noble no persigue su beneficio, eso es una actitud vulgar, sino que trata de ser justo en todo momento siguiendo las pautas que le dicta su benevolencia que no es otra cosa que el amor por los demás. Por lo tanto, busca el bien común. Lo que diferencia al hombre noble del vulgar es su patrimonio moral.

Avanzando el siglo XXI volvemos a encontrarnos inmersos en otra época de confusión y violencia, de enfrentamientos entre unos y otros. Nuestra tecnificada y arrogante sociedad se encuentra absolutamente invadida por la vulgaridad: cada cual busca sus beneficios en una alocada carrera tan individualista como egoísta que hace del uso impropio del lenguaje una herramienta para conseguirlos. Hoy en día la palabra ha dejado de ser una referencia fiable sobre la que sustentar nuestras relaciones sociales. Estamos construyendo realidades paralelas con hechos alternativos. Alimentamos la confusión con la posverdad, concepto popularizado por el presidente Donald Trump que define el mundo al revés de la política y que en 2017 fue la palabra de moda según el diccionario Oxford. La arbitrariedad del uso del lenguaje, al servicio de intereses espurios, ha llegado incluso a pervertir conceptos de una trascendencia tan profunda como el de “libertad”, convirtiéndose en un poderoso acelerante de nuestra degradación moral. De nuestra vulgaridad.

La superioridad tecnológica de la que han venido disfrutando las sociedades europeiformes en los últimos siglos hizo posible una aventura colonial que consiguió arrodillar al resto del mundo, obligado a plegarse a los intereses occidentales por la gracia de sus cañones. Desde mano de obra esclava hasta materias primas pasando por todo tipo de bienes de consumo, las colonias proporcionaron los medios para un desarrollo económico exponencial, que se fue retroalimentando con el desarrollo tecnológico. Un elemento clave de esta historia fueron los combustibles fósiles, cantidades ingentes de energía de muy fácil acceso puestas a disposición de una sociedad movida por una ambición insaciable que se abrazó al individualismo. El resto de la historia es bien conocido: (1) la colonización física, muy costosa, ha sido sustituida por otra de tipo político-económico parcialmente soportada sobre regímenes títere y deudas inasumibles, (2) el uso indiscriminado de combustibles fósiles ha provocado un cambio climático cuyas dramáticas consecuencias estamos comenzando a sufrir y (3) la anticipada escasez tanto de materias primas como de energía barata está a punto de arrojar a los antiguos señores colonos junto a sus excolonias a una crisis sin precedentes. La aldea global baila peligrosamente al borde del abismo.

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