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Johnny cogió su fusil

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Una película, cualquiera de ellas, aun si se encuentra entre las consideradas obras maestras tiene, objetivamente, muy poca importancia, pero puede dejar un cráter en el alma de un espectador según cuándo y cómo tope con ella. Quien suscribe podría dar fe del hecho con bastantes ejemplos, pero sobre todo porque vio Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971) escondido en aquella acogedora matriz que era el cine Artis, ubicado en un sótano de la ciudad de València, allá por 1973, cuando apenas había cumplido diecisiete años y estaba en pleno tramo iniciático. Es una película que todo el que la ha visto recomienda, pero que nadie quiere volver a ver. Pasa por ser un eminente alegato antibelicista y antimilitarista, pero es, ante todo, una turbadora alegoría de la condición humana que invita a ese tipo de reflexiones que son válidas en cualquier época y que en la actual se vuelven insoportablemente pertinentes. El argumento se ha publicado entero infinidad de veces, así que no revelo nada: un ingenuo veinteañero, que se ha alistado para participar en la Primera Guerra Mundial convencido de que así defiende la libertad y la democracia, es alcanzado por una bomba que lo deja sordo, ciego, mudo, sin olfato, le arranca las extremidades y todo cuanto le permite comunicarse con el mundo. Vivo a su pesar, su drama existencial transcurre sobre el telón de fondo de la falta de escrúpulos del estamento castrense y la incapacidad del científico y del religioso, ambos igualmente militarizados.

Johnny, brutalmente despedazado, se convierte en una conciencia en estado puro, privada de espejos en los que mirarse, a la que no le queda otro objeto de atención que ella misma. Y en su historia se ven reflejadas aquellas conciencias que se sienten en una situación similar, aunque no necesariamente por las mismas causas, que en el caso de Johnny son claramente inusuales. Conviene decir que, si solo fuera por la premisa, la película merecería el mismo rechazo que todas esas obras que recurren a situaciones y personajes extremos para elaborar una psicología y una sociología de lo cotidiano fraudulentas, como, de manera paradigmática, suele hacer Almodóvar (y no es por señalar, sino para entendernos). No es el caso. Aparte de que en ningún momento la película —antes novela— de Trumbo trata de disimular la excepcionalidad de la situación —basada en casos reales, por cierto—, la historia de Johnny está planteada con una honestidad ejemplar y, por eso, consigue sin apenas esfuerzo que el espectador llegue a sentir lo mismo que él. Mientras la ves, sabes que el horror que vive ese personaje está dentro de ti, lo sientes (y ahora me doy cuenta de los puntos de contacto que tiene con El quimérico inquilino, del tándem Topor-Polanski), te percatas de que esa desnudez de la existencia es la tuya, la de todos, la que tratamos de cubrir mediante la relación con los otros, a través de los otros, hablando y escuchando a los otros. Proteger nuestra vida de su intrínseca miseria, ese es el fin último de la comunicación por encima o por debajo de las pulsiones narcisistas, el afán redentor o el compromiso social o político. Somos unos indigentes existenciales que se dan calor unos a otros.

Con la exacerbación del individualismo se ha glorificado el discurso autorreferencial e inmanente. El verbo «expresar» se usa sobre todo en su forma pronominal, «expresarse», y hay quien no se siente ridículo cuando declara que escribe, pinta o canta para sí mismo, para «encontrarse» a sí mismo reflejado en sus propias deposiciones. Pero, discutibles terapias aparte, la expresión personal solo puede ser transitiva, nunca un fin en sí misma. Es una puerta que abrimos para salir de nosotros mismos y que sea el mundo quien determine qué somos. No consiste en llamar al eco, sino en lanzar reclamos para que acudan otras voces. Y a quien trata de expresar algo le resulta muy difícil soportar la sensación de estar hablando al vacío, algo que por desgracia ocurre cada vez más a menudo. De ahí, de la creciente falta de respuesta, probablemente viene que el arte esté muerto y los intelectuales de antaño hayan enmudecido dejando tras de sí el inquietante silencio de las especies extinguidas. Sin comunicación no somos nada, una conciencia aislada, atrapada en un amasijo de vísceras palpitantes, más o menos como Johnny, de quien los médicos insisten una y otra vez que sus movimientos de desesperación tan solo son espasmos involuntarios. Eso es lo que parecen a veces nuestros esfuerzos por comunicarnos, meros calambres. A mayor capacidad de comunicación, más humana es una sociedad y viceversa. Por eso los espacios de intercambio de información son sagrados. O lo eran hasta que cayeron en manos de unos tipos que los querían para defecar en ellos, aplacar su ansia exhibicionista, montar un tenderete o satisfacer sus intereses espurios.

Johnny, a falta de otro medio para comunicarse, acaba haciendo señales de morse con la cabeza —lo que le queda de ella— con la esperanza de que a alguien le llegue su mensaje. No sabe que han decidido aislarlo y está solo con su oscuridad dentro de una habitación en tinieblas. La contradicción salta a la vista. Y el paralelismo también. Nosotros, a pesar de disponer de una abundancia de medios de comunicación abrumadora, somos cada vez más incapaces de establecer contacto efectivo con los demás. Ya no conversamos unos con otros, actividad que implica inmediatez, habilidad y agilidad en la expresión de las ideas y la gestión de las emociones. Preferimos dejar mensajes grabados, le hablamos a una máquina haciendo como que nos dirigimos a un ser humano o, peor aún, creyéndolo. O nos limitamos a emitir textos cortos y estandarizados que complementamos, cuando no sustituimos, con esos dibujitos llamados emoticonos que nos retrotraen a la escritura primitiva o nos abocan directamente a la deficiencia mental. Los nuevos medios que prometían liberar la comunicación, la han formalizado hasta el punto de destruirla, de hacerla inviable. Nuestros interlocutores, en la práctica, son unos ingenios tecnológicos que nos han arrebatado nuestras habilidades y suplantado nuestros sentidos usurpando su función y fingiendo ser nuestros eficientes recaderos. Han encerrado el mundo, y a nosotros con él, en esas cajas tenebrosas que hay escondidas tras cada pantalla, unas ratoneras. Nos han desvinculado, nos han aislado como a Johnny, pero, así como él vivía su imposibilidad de contactar con otros seres humanos con un horror lúcido e insoslayable, nosotros vivimos la nuestra embobados, extasiados por la cacharrería digital y la farsa comunicativa que aparentemente la dota de sentido.

Una película, cualquiera de ellas, aun si se encuentra entre las consideradas obras maestras tiene, objetivamente, muy poca importancia, pero puede dejar un cráter en el alma de un espectador según cuándo y cómo tope con ella. Quien suscribe podría dar fe del hecho con bastantes ejemplos, pero sobre todo porque vio Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971) escondido en aquella acogedora matriz que era el cine Artis, ubicado en un sótano de la ciudad de València, allá por 1973, cuando apenas había cumplido diecisiete años y estaba en pleno tramo iniciático. Es una película que todo el que la ha visto recomienda, pero que nadie quiere volver a ver. Pasa por ser un eminente alegato antibelicista y antimilitarista, pero es, ante todo, una turbadora alegoría de la condición humana que invita a ese tipo de reflexiones que son válidas en cualquier época y que en la actual se vuelven insoportablemente pertinentes. El argumento se ha publicado entero infinidad de veces, así que no revelo nada: un ingenuo veinteañero, que se ha alistado para participar en la Primera Guerra Mundial convencido de que así defiende la libertad y la democracia, es alcanzado por una bomba que lo deja sordo, ciego, mudo, sin olfato, le arranca las extremidades y todo cuanto le permite comunicarse con el mundo. Vivo a su pesar, su drama existencial transcurre sobre el telón de fondo de la falta de escrúpulos del estamento castrense y la incapacidad del científico y del religioso, ambos igualmente militarizados.

Johnny, brutalmente despedazado, se convierte en una conciencia en estado puro, privada de espejos en los que mirarse, a la que no le queda otro objeto de atención que ella misma. Y en su historia se ven reflejadas aquellas conciencias que se sienten en una situación similar, aunque no necesariamente por las mismas causas, que en el caso de Johnny son claramente inusuales. Conviene decir que, si solo fuera por la premisa, la película merecería el mismo rechazo que todas esas obras que recurren a situaciones y personajes extremos para elaborar una psicología y una sociología de lo cotidiano fraudulentas, como, de manera paradigmática, suele hacer Almodóvar (y no es por señalar, sino para entendernos). No es el caso. Aparte de que en ningún momento la película —antes novela— de Trumbo trata de disimular la excepcionalidad de la situación —basada en casos reales, por cierto—, la historia de Johnny está planteada con una honestidad ejemplar y, por eso, consigue sin apenas esfuerzo que el espectador llegue a sentir lo mismo que él. Mientras la ves, sabes que el horror que vive ese personaje está dentro de ti, lo sientes (y ahora me doy cuenta de los puntos de contacto que tiene con El quimérico inquilino, del tándem Topor-Polanski), te percatas de que esa desnudez de la existencia es la tuya, la de todos, la que tratamos de cubrir mediante la relación con los otros, a través de los otros, hablando y escuchando a los otros. Proteger nuestra vida de su intrínseca miseria, ese es el fin último de la comunicación por encima o por debajo de las pulsiones narcisistas, el afán redentor o el compromiso social o político. Somos unos indigentes existenciales que se dan calor unos a otros.