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Entrevista
Fatima Ouassak, activista francesa

Fatima Ouassak: “Las madres racializadas tenemos que unirnos para acabar con el racismo que sufren nuestros hijos”

Fatima Ouassak

Gabriela Sánchez

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Un dilema se repetía en la cabeza de Fatima Ouassak cuando, como madre, empezó a ser consciente de los riesgos a los que sus hijos se enfrentarían por ser racializados y nacer en uno de los barrios obreros de los alrededores de París. ¿Cómo proteger mejor a sus niños de la amenaza del racismo?

“Se me pedía que traicionara a mis hijos, a la niña de mis ojos. Para protegerla. Porque la amenaza es real”, reflexiona la ensayista francesa en el libro 'El poder de las madres' (Capitan Swing), publicado esta semana en español. Ouassak se refiere al miedo “a que los dejen tuertos si muestran su rechazo, a que los metan en prisión preventiva o que los maten en un control policial o una pelea que termine mal”.

Había dos opciones, cuenta en su ensayo: atemperar su rechazo a la discriminación en el colegio o luchar junto a ellos y protegerles desde la organización colectiva, convirtiendo a las madres en sujetos políticos. Ouassak eligió la segunda y, tras chocarse con el racismo en el seno de algunas organizaciones mayoritarias de madres y padres en Francia, la escritora decidió fundar su propia asociación de madres racializadas y migrantes. La llamó el Frente de Madres y se convirtió en un sindicato clave para la defensa de los derechos de los vecinos de los barrios obreros fanceses.

¿Cuál es el poder de las madres? ¿Cuál es el valor de las madres inmigrantes y racializadas como sujeto político revolucionario?

No es algo innato. No existe el poder biológico de las madres, pero creo en el potencial político de las categorías de individuos, aún más en el caso de las madres. Ese poder es una posibilidad entre dos opciones de ser madre y enfrentarte a la discriminación de tus hijos. Una de las posibilidades es la reaccionaria. Yo las llamo madres amortiguadoras. Madres que calman las cosas, que reproducen el orden establecido. La otra opción es el potencial revolucionario, por el que las madres eligen, a través de la educación de los niños, romper este orden policial, este orden racial, etc. Yo elijo esta segunda opción. 

El libro arranca con ese dilema de las madres migrantes o racializadas de barrios populares. Se pregunta: “En un país donde manifestarse siendo un joven racializado es un riesgo extra, ¿cómo protejo más a mis hijos? ”¿Calmo su impulso revolucionario, para que no se arriesguen a protestar, o les animo a luchar por sus valores, por lo que consideran justo?“.

A una madre se le pide de forma general que sean un amortiguador. En los barrios obreros, el Estado, las autoridades públicas, piden a las madres, a las mujeres musulmanas, inmigrantes, racializadas, de clase obrera, que moderen la ira de sus hijos. Y de ahí viene una idea arraigada actualmente en los poderes públicos en Francia, y también en Bélgica, basada en que las madres de los barrios obreros han “dimitido” de su trabajo de madre. Se las convence de que no son buenas madres, no hacen bien su trabajo, y por eso hay disturbios, delincuencia, crímenes, etc. Porque son “malas madres”. 

En primer lugar, hay una razón patriarcal. Tradicionalmente, se espera que sean amables, tranquilas, etc. Pero también está el hecho de que las propias madres piensan que están haciendo lo correcto al calmar a los niños, al pedirles que se tranquilicen cuando, por ejemplo, un niño le cuenta que le han humillado, ha sido víctima de racismo o de agresión sexual, etc. Las madres piensan que están protegiendo a sus hijos si le transmiten que hay que quitarle importancia, que no hay que decir nada. 

Hay estudios, sobre todo en Estados Unidos, que desde hace 40 años demuestran que, cuando un adulto con autoridad le dice a un niño que “no es grave” que esté siendo objeto de racismo, esa reacción agrava la violencia y tiene consecuencias para la salud mental y física del niño. En cambio, el hecho de que una madre muestre comprensión a su hijo, le diga que le cree y que juntos pueden buscar una estrategia ayuda al niño a mantener la dignidad y la confianza en sí mismo. El siguiente paso es luchar.

¿Cómo? ¿Cuáles son esas estrategias que pueden tener las madres inmigrantes o racializadas para luchar contra el racismo que sufren sus hijos?

Una estrategia sería ir hacia lo colectivo. Hay que decirles a estas madres que, en vez de quedarse solas con sus hijos e intentar solucionarlo a su manera, es mejor unirse. Históricamente, las madres se han organizado y eso ha dado lugar a cosas maravillosas. Por eso formo parte de la organización “Frente de madres”, desde la que hemos conseguido cambiar cosas. Por eso les digo a las madres amortiguadoras que, cuando nos organizamos colectivamente, mejoramos las condiciones en las que viven los niños. No hay que pensar en el miedo, sino en el ideal de sociedad que queremos para nuestros hijos. 

Antes de formar el Frente de Madres, intentó cambiar las cosas como madre, defender los valores que quiere para sus hijos, en organizaciones mayoritarias de madres y padres, para pedir la alternativa vegetariana en el comedor ¿Por qué decidió finalmente formar una asociación más específica de madres migrantes o racializadas, cuando muchos de sus objetivos eran transversales?

Cuando quieres ser activista nunca vas hacia una organización racializada, siempre intentas ir hacia las organizaciones mayoritarias. De forma inocente, llegas ahí como persona racializada para tratar temas como la igualdad, la justicia social y ambiental, etc. Para qué vas a ir hacia un organismo racializado, piensas, si son temas universales que nos tocan a todos. Pero allí nos encontramos que, sistemáticamente, nos enfrentamos al racismo, a la islamofobia y a la supremacía blanca de las organizaciones mayoritarias. Y eso es lo que te obliga a ir a organizarte de forma minoritaria.

Yo, de forma inocente, me metí en una organización mayoritaria de padres para pedir que hubiese una alternativa vegetariana en el comedor de la escuela infantil de mis hijos. Nos reuníamos padres de niños de tres años y me encontré padres que había padres que se levantaban al alba para venir a protestar contra la posibilidad de que hubiese esa opción vegetariana. Si hubiese sido blanca y de clase media, seguramente me hubiesen elegido la madre ecologista del año. Pero era árabe y musulmana y de repente me convierto en un peligro porque, al ser musulmana, asumían que mi objetivo era un plan para incluir la carne halal, cuando solo buscaba la opción vegetariana. Y eso pasa porque hay racismo, hay islamofobia. 

¿Ha encontrado racismo en organizaciones de izquierdas de Francia? ¿Estas organizaciones también excluyen a las personas racializadas del activismo?

Sí, nos han excluido de forma sistemática. Pero en Francia, por la larga historia de la inmigración, en particular la procedente de Argelia, hay organizaciones políticas formadas por personas racializadas desde las que no dejamos salirse con la suya a las mayoritarias. En otras palabras, no esperamos que la izquierda sea amable con nosotros, nos imponemos a ellos. Lo que hago sistemáticamente en los libros que escribo es decirles lo que está haciendo la izquierda. Y funciona porque libro tras libro, lo leen y es una manera de decirles: “Nos cuando nos dais una paliza, fuera de la vista, a nivel local, sabed que voy a escribir lo que nos estáis haciendo y se va a leer a nivel nacional. Y eso es un paso adelante.

Creo que hemos ganado el equilibrio de poder, porque la izquierda es mucho menos islamófoba hoy en día que hace diez años. Por lo que el problema hoy no es la izquierda. El problema es que la izquierda es muy débil en Francia y la extrema derecha es muy fuerte. La verdad que era mejor antes cuando teníamos problemas en la izquierda y no lo de ahora.

Cuando impulsaron el Frente de Madres, el foco principal de su activismo era el ámbito escolar. ¿Cómo se evidencia la discriminación en las escuelas e institutos franceses?  

Está totalmente documentado. Es la forma en la que el sistema orienta a tu hijo desde primaria. En Francia, si vives cerca de un colegio en un distrito francés tienes la obligación de matricular a ese niño en ese colegio público. Si no quieres, puedes ir a la privada. Pero el problema es que a la gente de clase media se le permite saltarse lo que llamamos la “carta escolar”, por lo que dejan matricular a su hijo en una escuela con mejor reputación en vez de en otros ubicados en barrios obreros. Lo cual es ilegal. 

Son coles que ya de por sí tienen menos medios, menos recursos pero además se van a encontrar con una concentración de niños racializados, no blancos, etc. debido a ese desvío de los niños de clase media. 

Un ejemplo concreto es la diferencia entre París y Seine-Saint-Denis, el departamento más pobre y con más inmigrantes de Francia. Así, el instituto menos dotado económicamente de París tiene más recursos que el instituto con más financiación de Seine-Saint-Denis.Por lo que estos niños tienen muchas menos posibilidades de tener éxito.

La escuela francesa siempre ha sido desigual, pero Macron está hundiendo del todo la educación pública. Otro ejemplo: el sistema “Parcoursup” [   ] ha provocado que las personas escolarizadas en Saint Saint Denis, cuando acaban el instituto, no tengan ninguna opción a conseguir una plaza en una universidad en París. Si yo hubiese acabado ahora el instituto, no podría matricularme en la Facultad de Ciencias Políticas en la que estudié. 

Menciona los cursos de parentalidad en Francia. Qué buscan esos cursos en los que enseñan supuestamente a madres racializadas inmigrantes a ser buenas madres.

Se ofrece a personas que no tienen papeles asistir a esos cursos de parentalidad para conseguir los papeles. Y cómo, en general, ninguna madre quiere ir a un sitio a que le digan que es mala madre, las llegan a engañar. Yo he podido observar cómo hacen que esas madres migrantes lleguen a asistir: a veces utilizan cursos de francés, a los que acuden mujeres migrantes sin papeles. Un día, de repente, les dicen que de forma excepcional  no van a dar clase de francés, sino una clase de parentalidad.

¿Y cómo son esos cursos?

Asistí a una de esas sesiones, en la que dos psicólogas blancas empezaron a hablar de temas recurrentes sobre lo que se supone que es ser “buenas madres” en Francia. Les empezaron a decir frases como “aquí estamos en Francia, hay igualdad del hombre y la mujer” o “Aquí no vais a casar a vuestras hijas de forma forzada”; “Aquí no hay mutilación genital”; “Cuidado que sus hijos no estén en la calle porque pueden delinquir”, etc. En esos cursos se parte de la idea de que son malas madres y hay que enseñarlas a hacerlo bien.  

Las mujeres que acudieron a este curso no dominaban bien el francés. Y ellas interpretaron que hablaban de sus propios padres, de las familias que dejaban atrás, no de ellas. Son mujeres que tienen una experiencia extraordinaria de la maternidad. La cultura, la lengua, familia, todo lo han dejado atrás. Ellas saben que son súper madres. Dicen: “Yo he hecho todo eso por mis hijos”. Por eso,  no conciben que alguien les venga a decir cómo ser una buena madre y entonces lo único que les encajaba es que hablasen de sus padres. Durante la mayoría de las dos horas de taller, las mujeres lloraron durante dos horas hablando de sus padres. Y me encantó porque ese malentendido fue una forma de resistencia. 

La tradición de inmigración en España ha empezado más tarde que en Francia. Pero ahora, en los últimos años se ha producido otro boom de la inmigración. Hay récord de trabajadores extranjeros, y el Gobierno planea hacer planes de inclusión. ¿Cuáles son las claves que se tienen que tener en cuenta para no cometer los errores de otros países como los que relata de Francia?

En Francia, la relación  entre el Estado francés y la cuestión migratoria se entiende con los abusos cometidos por Francia en Argelia durante la época colonial. Y, además, el fenómeno de la inmigración en España es más reciente que en Francia, por lo que hay matices distintos. Ahora estamos en un contexto europeo y la España de hoy, en su forma de tratar la inmigración, no es la misma que hace 20 años. El contexto ha cambiado por lo que podría ser más favorable. 

En España podría funcionar  favorecer la organización de la comunidad. Es absolutamente necesario. Francia rechaza las comunidades, a diferencia de España. Históricamente, Francia rechaza que entre el Estado y el individuo haya una comunidad. Y el francés ha eliminado las culturas y lenguas regionales etc Pero España es más flexible en ese sentido. Por lo que la posibilidad de potenciar la solidaridad comunitaria puede funcionar aquí. 

Por otro lado, el feminismo podría ser otra buena estrategia. Porque en Francia el feminismo siempre ha sido muy burgués, muy académico, a las feministas francesas le dan igual la situación de la clase obrera. Pero el feminismo español, como el de Italia o en América del Sur, quizá está más próximo a las clases populares. Pueden ser algunos argumentos para que no lleguen a reproducirse errores del pasado.

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