En el barrio de izquierdas donde se crio Giorgia Meloni: “Aquí no va a ganar pero ya no ponemos la mano en el fuego”

La sede de la peña del fútbol club Roma, en el barrio de la Garbatella.

Mariangela Paone / Enviada especial

Roma (Italia) —

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El toldo está en un lado de la pequeña plaza de Santa Eurosia. Los aplausos son tímidos y el ambiente no transmite la emoción que debería despertar una campaña que todos se afanan en definir como “crucial”.

Meloni dice ahora que su tono en el mitin de Vox se debió al “cansancio” y que está haciendo un “esfuerzo” de moderación

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“La gente me pregunta: ¿Cómo acaba? La verdad es que faltan seis días y hay aún un 35 por ciento de indecisos o gente que no sabe si irá a votar”, dice Nicola Zingaretti ante unas 200 personas. Es el presidente de la región de Lacio y una de las figuras destacadas del Partido Democrático. A su lado está la veterana política Emma Bonino. “El destino está en nuestras manos. Decir que 'todos son iguales' es un modo para no asumir el mínimo de responsabilidad con el futuro del país”, afirma al terminar su intervención.

Hablan en un territorio “amigo”, la Garbatella, un barrio que siempre se definió como rojo pero donde ahora más de uno teme la ola expansiva del auge de Giorgia Meloni. Aquí la líder de Hermanos de Italia se crio y aquí empezó su militancia política con 15 años, llamando a las puertas del número 8 de la 'via' Guendalina Borghese, que entonces era la sede de la sección juvenil del Movimento Sociale Italiano (MSI), el partido neofascista fundado en 1946 por un grupo de seguidores de Mussolini. Ahora en el mismo lugar hay una sede del partido que, según las encuestas, será el más votado en las elecciones del 25 de septiembre.

A las puertas del local, que está cerrado, en lo que queda de unos pósteres descorchados se leen lemas que remiten a palabras de orden del pasado. “Asalto a la victoria”, dice uno. Y otro: “Somos el relámpago que estalla desde el cielo en medio de la tormenta”. En el muro de enfrente hay otro, “Desde la nada nos levantamos”, el lema de una de las primeras organizaciones antifascistas de los años 20.

“Con las palabras todos somos buenos”, advierte Massimo, un jubilado de 75 años que acaba de recoger a sus nietos en el cole, no muy lejos de la sede de Hermanos de Italia. “Soy de Garbatella de toda la vida”, dice con ese orgullo que muchos comparten en este barrio, nacido en los años 20 con la idea de una nueva arquitectura que dignificara a la clase obrera, una ciudad utópica destinada a los trabajadores. Massimo siempre ha votado por la izquierda. “Y esta vez también votaré al PD, lo haré así”, dice, llevándose las manos al lado de las sienes, haciendo el gesto de ponerse anteojeras como las que llevan los caballos.

Cuenta que añora los viejos tiempos, cuando era sindicalista con FIOM, la representación de los obreros mecánicos y de la metalurgia en CGIL, el sindicato mayoritario: “Yo me la jugaba en la fábrica. Pero había contratos nacionales, había una fuerza, ahora ya no la hay. Recuerdo que si aumentaba el precio de la leche de 5 liras o el de la gasolina, hacíamos huelga... Letta [el líder del PD] es un democristiano más que un hombre de izquierda, aun así votaré, con anteojeras pero votaré”.

Massimo recela de la imagen de moderación sobre la que Meloni ha construido su campaña electoral. Aún este lunes en una entrevista a la televisión pública italiana, la líder del partido ultra profesó su ruptura con el pasado, asumiendo como suyas las palabras “fascismo como mal absoluto”, que marcaron el fin del MSI y el nacimiento de la Alianza Nacional, el partido que Silvio Berlusconi incluyó en su Gobierno. Las declaraciones llegaban horas después de que un dirigente de Hermanos de Italia en Sicilia y candidato a las elecciones fuera suspendido con efecto inmediato por elogiar a Adolf Hitler en las redes sociales.

“Italia es un país intrínsecamente fascista, que no ha lidiado aún bien con el pasado. Todos aman al jefe fuerte, que da respuestas simples y simplificadas, como la flat tax, el impuesto igual para todos que promete la derecha...”, dice Tommaso D'Alessio, un profesor universitario jubilado que es también presidente del círculo local de Legambiente, una organización ecologista que ha conseguido transformar lo que era un gran descampado en un parque y en un huerto urbano.

Los vecinos siembran y riegan a unos centenares de metros del enorme edificio de la Región de Lacio, gobernada por el PD en alianza con el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por sus siglas en italiano). Es el llamado “campo ancho” que se intentó replicar a nivel nacional y fracasó cuando el M5S contribuyó a la caída del Gobierno de Mario Draghi. D'Alessio cree que en el barrio volverá a ganar el centro-izquierda. “Pero no pongo la mano en el fuego. Porque la gente de izquierda está siempre dispuesta a hacer todas las distinciones del caso, olvidando que la política es el arte de lo posible”. Confiesa que la primera con la que tiene que discutir es su hija, quien amaga con no ir a votar: “Espero no tener que retirarle el saludo”.

La sombra de la abstención

La hija de D'Alessio no es la única que puede quedarse en casa.

“¿Meloni? No le tengo aprecio. Pero no iré a votar. Antes sí, votaba a la izquierda. Luego voté al Movimiento 5 Estrellas. Y esta vez ya no iré. Me han decepcionado todos”, dice Ivo, 65 años. Está junto a su hermano Marco, de 55, y su madre, Lella, de 83, en una cafetería al lado de los puestos de un pequeño mercado a la entrada del barrio. Ninguno de los tres piensa acudir a las urnas.

“La verdad es que tampoco yo me he decidido aún. Yo siempre he sido de una idea. Garbatella es toda de izquierda pero la gente se queja. ¿Esta izquierda qué hace?”, dice Paola Menichetti. Tiene 65 y desde hace décadas regenta junto a su familia un bar que es también una peña de la Roma, el club de fútbol de la capital, y que se ha convertido en un reclamo para los turistas desde que salió en una popular serie. Un lugar repleto de fotos de los benjamines del equipo, de Totti, de algún entrenador al que ya no se recuerda con tanto cariño; un lugar donde el tiempo transcurre entre charlas que duran los minutos necesarios para tomar un rápido café “al vetro”, un espresso servido en un pequeño vaso de cristal. “De política no se habla casi. La gente se queja cuando viene aquí y lee el periódico... 'Este es así, y este asá, todos son iguales'. Pero luego nadie hace nada. Y de lo que más se habla, si te digo la verdad, es de fútbol”, comenta Menichetti, quien lamenta que la gente cambie de idea “según cambie el viento”. Aquí, si viene alguien de derecha, no lo dice. “Son como los tifosi de la Lacio, no lo dicen. ¿Por qué? Si eres de derechas lo puedes decir”.

A Andrea, que trabaja desde hace cinco años en un quiosco frente al colegio del barrio, no le da reparo decir que votará a Meloni. “Llevo 20 años sin votar y esta vez creo que la votaré a ella”, afirma. Desde su observatorio privilegiado –“Escucho demasiado aquí”– asegura que más de uno lo hará. “Hay quien piensa que es una cuentacuentos y quien no, quien dice que ahora que ha llegado hasta donde ha llegado ya se ha olvidado de dónde viene, hay de todo. Hace una semana te hubiera dicho que iba a ganar ella, pero ya no sé”.

En este “no sé” se juegan los últimos días de campaña. En el colegio al que pertenece Garbatella se decide lo que algunos llaman, con jerga futbolera, el derby, porque los cabezas de lista son Zingaretti y Meloni. “El cáncer del populismo recoge el malestar y lo lanza contra la democracia. Nosotros tenemos que dar la esperanza de que las cosas pueden cambiar”, dice el candidato del PD cerrando su intervención en el mitin, en la plaza que dista tan solo unos metros de la que fue la parroquia de Meloni, la iglesia de San Filippo Neri. Le escuchan algunos militantes y también el presidente del distrito, Amedeo Ciaccheri, quien ganó las últimas municipales aquí en la segunda vuelta con casi el 70 por ciento de los votos. Es uno de los municipios más pequeños de Roma pero incluye a 150.000 personas. El presidente ha venido para apoyar a Zingaretti, aunque él no tiene carnet del PD: viene de los centros sociales y de las formaciones de la izquierda ecologista. “Yo soy de izquierda de veras”, dice a elDiario.es como si quisiera hacer una broma. Aunque no lo es tanto. Ciaccheri, de 34 años, explica que con el líder de la región las relaciones son buenas y hay sintonía pero no le convence la estrategia del PD a nivel nacional: “Ha faltado una inversión en el recambio generacional. Y ha tenido que construir una campaña electoral para decir que no quiere el país que quiere la derecha”.

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