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Opinión - ¿La amenaza es rusa o estadounidense? Por Rosa María Artal

La muerte del atlantismo

Los presidentes de Ucrania, Volodímir  Zelenski, y EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca.
5 de marzo de 2025 22:03 h

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Quizá el único aspecto positivo de la brutalidad de Trump sea el que está disipando con la fuerza de un vendaval la neblina ilusoria en la que ha vivido el establishment europeo, de centroderecha o centroizquierda, en las últimas décadas. No, Estados Unidos no comparte íntegramente los principios, valores y formas de vida del Viejo Continente. No, Estados Unidos no tiene como principal tarea internacional la defensa de las democracias de la Unión Europea.

Viví un lustro en Estados Unidos en el tránsito entre los siglos XX y XXI, y tardé unos meses en darme cuenta de que las cosas no eran allí tan de color de rosa como las contaba el espectáculo propagandístico Up With People. Al principio, viví en una permanente perplejidad como ciudadano y como periodista al constatar que la mayoría de sus habitantes no deseaba un sistema público de salud como el nuestro, aprobaba la posesión de armas de fuego por los particulares, aunque esto causara decenas de asesinatos cada día, y defendía la pena de muerte como el mejor modo de vengarse bíblicamente de los criminales.

Hasta que un día tuve una epifanía: me estaba equivocando, Estados Unidos no era Europa en el norte de América, allí se había construido colectivamente algo diferente, bastante diferente. Tenía que contar Estados Unidos como había contado el Oriente Próximo y el norte de África en los años anteriores. Como algo distinto, admirable en ocasiones, deplorable otras veces. Así que desde entonces no volví a caer en ese americanismo beatífico que Trump ha convertido en trasnochadísimo en apenas unas semanas.

Europa tiene que ir a la suya. A defender con uñas y dientes el modelo de paz y prosperidad, libertades y derechos, tolerancia y protección social que acordó tras la Segunda Guerra Mundial como el mejor modo de evitar la repetición en nuestro suelo de matanzas y genocidios. Es el modelo más civilizado del planeta, en mi modesta opinión. Si otros prefieren fórmulas diferentes –el Salvaje Oeste estadounidense o el despotismo asiático–, allá ellos. Con su pan se lo coman.

Esta salvaguarda de lo nuestro implica, sí, una política internacional común y una defensa común. No soy un iluso, es posible que necesitemos más armas, pero que sean armas fabricadas aquí, creando empleo en nuestros países de conformidad con la legalidad laboral y la lucha contra el cambio climático. No armas made in USA.

Tampoco se me escapa que la Unión Europea está llena de quintacolumnistas al servicio del imperio de las barras y estrellas. Los movimientos de ultraderecha que comparten los ideales de Trump, algunos de esos países del Este que incorporamos con excesiva celeridad porque odiaban a Rusia y querían la protección del Pentágono. Lo más probable es el nuevo paso en la construcción europea no pueda hacerse con 27 países.

No me parece un problema irresoluble. Ya en los años 1990 se hablaba de la Europa a varias velocidades, de que las reticencias de algunos a una mayor integración europea no frenaran a los que desearan ir más rápido. Bien podría crearse ahora un club privado, formal o informal, que agrupara a unas cuantos países deseosos de una política internacional y militar en común y manifiestamente independiente de Washington. Pienso en Alemania, Francia, España, Bélgica, Irlanda… Quizá el Reino Unido de Starmer. Eso es mucha población, mucho talento, mucho PIB. Lo suficiente para tener voz propia.

Estados Unidos no es de fiar. Lo ha descubierto el ucraniano Zelenski, al que el emperador Trump humilla e impulsa a la total sumisión. Pero ya antes lo habían descubierto los pueblos de Vietnam del Sur, Irak y Afganistán, arrasados por guerras impulsadas por la Casa Blanca en nombre de la libertad y abandonados a su suerte cuando la CIA y el Pentágono descubrieron que no podían ganarlas. El pueblo palestino también lo sabe: la promesa de un Estado propio suscrita por Clinton y Obama terminó convirtiéndose en la licencia para matar otorgada al Israel de Netanyahu por Biden y Trump.

El establishment europeo tendría que haber sido menos perezoso intelectualmente. De la delirante guerra de Irak al vergonzoso abandono de Afganistán, Estados Unidos le ha dado en este siglo sobradas muestras de que solo piensa en sí mismo. El atlantismo crédulo siempre ha sido una niñería.

No hay mal que por bien no venga. Si el descaro de Trump sirve para que los defensores del modelo europeo se pongan las pilas, bienvenido sea. Asumo que ello implica más gasto militar, pero, repito, desembolsado en lo nuestro. Lo importante es no equivocarse a la hora de fijar objetivos y asociaciones internacionales. No creo que la rusofobia sea el eje sobre el que avanzar. La invasión de Ucrania siempre ha tenido causas más complejas que el mero desvarío imperialista de Putin. Hágase allí la paz lo antes posible. Con el menor daño posible y con la mayor participación ucraniana y europea posibles.

Hay que cortejar a los aliados potenciales: Canadá y México por ejemplo. Hay que llevarse bien con la China que propone la resurrección de la Ruta de la Seda que durante siglos unió a Asia con el imperio romano y sus herederos. Hay que ser astutos como un lobo en un mundo hostil y no crédulos como un chico mimado.

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