A las nucleares no les salen los números

Hace unos días en el Congreso de los Diputados debatimos un documento presentado por el Partido Popular relacionado con la situación de las centrales nucleares en el estado español.
El texto era claramente un llamado a realizar un rescate de las propias centrales. La evidencia más clara de la profunda crisis que tienen o, dicho de otra forma, su incapacidad para poder competir con las energías renovables.
¿Cuáles son los motivos que nos han llevado a esta situación?
En primer lugar, no les salen los números. Así, el propio Informe Mundial de la Industria Nuclear de 2023 reflejaba cómo los costes nivelados de la energía solar se habían reducido un 90% y un 72% la eólica, mientras que los costes de la nuclear se habían incrementado un 36%. Eso nos situaba la energía nuclear con costes entre tres y cuatro veces superiores a las energías renovables.
Entre muchos factores, son precisamente los tratamientos ambientales de las mismas, es decir, la gestión de los residuos radiactivos y los desmantelamientos y rehabilitación de los terrenos, uno de los costes más elevados. Por eso, cuando se pretende presentar la energía nuclear como una energía limpia hay que recordar que no hay ninguna fuente de energía que tenga unos costes ambientales o, lo que es lo mismo, un impacto ambiental tan grandes. Si entendemos el principio de “quien contamina paga” son de largo los que más deberían pagar.
También hay intentos de presentar las centrales nucleares como la principal apuesta de muchos países como la energía de futuro. Pero la realidad es bien distinta; de hecho en los últimos 20 años en Europa se han cerrado 27 centrales y sólo se han puesto en marcha tres. De estas, las últimas dos, de Finlandia y Francia, han sido fracasos económicos colosales: 12.000 millones de sobrecostes la primera y 10.000 millones la segunda. Con unos retrasos en la construcción de 13 y 12 años, respectivamente. No es de extrañar que países como Alemania o Suiza hayan decidido, como España, planificar el cierre de sus centrales.
Ante la crisis del gas vinculada a la guerra de Ucrania y Rusia también ha habido intentos de dibujar la energía nuclear como una alternativa de soberanía energética para no depender del gas ruso. La realidad es todo lo contrario, no sólo porque el Estado español no disponga de yacimientos de uranio o de fábricas de concentrados y de enriquecimiento del uranio, sino porque España, al igual que Europa, depende en un 40% del uranio enriquecido de Rusia. El propio informe de la industria nuclear tiene un capítulo entero dedicado a la dependencia de Rusia.
Por no decir que, además, las centrales nucleares, a diferencia de las otras fuentes de energía, en situaciones de guerra se convierten en objetivos militares, como desgraciadamente hemos visto en la guerra de Ucrania.
Uno podría pensar que quizás la dificultad del cierre de las centrales se debe a que no hay tiempo de poner en marcha una alternativa. Pero de nuevo los datos desmienten esta hipótesis. Hoy las centrales nucleares suponen sólo el 6% de la potencia instalada, unos 7.000 MW. Para que nos hagamos una idea, sólo en 2023 se incorporó a la red la misma potencia instalada con parques de energías renovables.
Rápidamente alguien me responderá que, aunque sólo supongan el 6% de la energía instalada, representan el 20% del consumo anual de electricidad. Y esa es para mí su mayor debilidad. El futuro del sistema eléctrico es la flexibilidad, y la energía nuclear es todo lo contrario, es inflexible y cara. Se trata de una energía prisionera de sus costes fijos que citaba al principio, que hace que el sistema no sea solo ingestionable y rígido, sino que convierte el mercado eléctrico en un mercado cautivo.
Hablemos también de la garantía de suministro, es decir, ¿podríamos cubrir la demanda de energía si cerrásemos las centrales? Pues bien, el día más crítico, el de mayor demanda y menos producción, fue el 15 de noviembre de 2017. Ese día, si no hubiera habido ninguna central nuclear en marcha hubiésemos dado cobertura a la demanda sin problemas. Así pues, si las centrales nucleares las pudiéramos apagar y encender fácilmente, a día de hoy estarían permanentemente apagadas. Esa es la cruda realidad del sector; por eso el año pasado por primera vez tuvimos cuatro meses con cuatro reactores parados.
Y, finalmente, hablemos también de lo que supondría retrasar el cierre de las centrales. Porque a veces se presenta como una medida inocua, pero la realidad es que también conlleva enormes costes. De hecho, la propia Comisión Europea estudió los costes de alargar la vida útil de los de los reactores de Bélgica, calcados a los nuestros, y eran entre 2.000 y 2.500 millones de euros, es decir, el doble que las renovables.
Pero si hay alguna muestra más clara de que los números no salen es que las cuentas las han hecho las propias empresas que gestionan dichas centrales. Ninguna de ellas ha pedido que se posponga su cierre. Por otra parte, en 38 años ninguna empresa ha presentado una iniciativa para la instalación de una nueva central. Una muestra más del fracaso de la liberación del sector nuclear –por cierto realizada por el Partido Popular– o, en definitiva, del éxito de las energías renovables.
Unas propuestas que, además, no cuentan con el respaldo de la ciudadanía; sin ir más lejos, la encuesta del CEO de este verano en Catalunya revelaba que un 81% de la población veía como negativas o muy negativas las instalaciones nucleares.
Por eso, en realidad de lo que hablamos hace unos días en el Congreso es de que se haga un rescate de las centrales nucleares, que esos costes inasumibles los paguemos todos y todas. No es de sorprender que el Partido Popular y Vox prefieren pagar el doble por un mismo producto, claro, cuando el dinero no es el suyo sino el de todas y cuando quien lo vende es un buen amigo. Lo que quizás es más vergonzante fue que Junts per Catalunya y Esquerra Republicana de Catalunya se sumaran a dicho despropósito. O lo que es peor, que justificaran la permanencia de las nucleares debido su nula capacidad para desplegar las energías renovables en Catalunya.
Se puede decir más alto, pero no más claro: el sector nuclear, caro, rígido y contaminante pudo competir el siglo pasado, pero el futuro sin lugar a dudas es más democrático, descentralizado, flexible, más barato y sostenible. Es renovable.
2